Democracia y sociedades contemporáneas
El sistema se crea porque existe, y existe porque se crea. No es lo que existe, sino lo que podría y debería existir, lo que necesita de nosotros.
Las sociedades occidentales actuales presentan una imagen que causa rechazo, la de sociedades en las cuales reina un vacío total de significaciones. El único valor es el dinero, la notoriedad en los medios masivos de comunicación o el poder, en el sentido más vulgar e irrisorio del término. En estas sociedades, las comunidades son destruidas y la solidaridad se reduce a disposiciones administrativas. Hoy los hombres –como productores y consumidores- están sometidos al desarrollo de las fuerzas productivas y a la expansión ilimitada de la razón. Enmarcadas en la técnica y la organización, estas son las grandes significaciones imaginarias del mundo moderno, y este vacío en el plano de las significaciones no puede ser cubierto de ninguna manera por el aumento de objetos de consumo. ¿Qué hacer entonces frente a semejante vacío? ¿Qué sentido podría tener el ser-sujeto en un mundo sin sentido?
Caracterizadas por una gran división que pone de un lado a la “clase dirigente” y del otro a los “dirigidos” (ciudadanos no elegibles), nuestras sociedades actuales no son más que regímenes burocráticos, los cuales se basan en la flexibilidad de las instituciones capitalistas y liberales. La “clase dirigente” se agrupa en aparatos políticos burocráticos (partidos políticos) carentes de toda ideología, pero con una capacidad asombrosa para crear líderes, es decir, personajes “vendibles” mediante la intervención de los medios masivos de comunicación y de lo que estos imponen. La “elección” del “líder” está caracterizada por la disociación entre la posibilidad de promoción dentro del partido y la capacidad de trabajar eficazmente para la comunidad. Esta “clase dirigente” se distingue por su empobrecimiento mental, el cual se pone de manifiesto en la superficialidad, incoherencia, esterilidad de ideas y versatilidad propias de sus miembros. Por lo tanto, podemos decir que nuestras democracias occidentales contemporáneas están conformadas por un “líder” y una comunidad pasiva políticamente, a tal punto que la política se ha privatizado y la sociedad se ha despolitizado, desintegrándose así los mecanismos de control y de corrección. El Estado se ha transformado así en un aparato burocrático portador y productor orgánico de una irracionalidad proliferante y el poder se ha dividido en una innumerable cantidad de lobbies, todo lo cual ha conducido a que las sociedades contemporáneas hayan perdido su interés por la política, es decir por su destino como sociedad. Actualmente vivimos en sociedades fragmentadas (desintegración de la familia, del sistema educativo, etc.) en las cuales los valores y las normas son reemplazados por el nivel de vida, el bienestar, el confort y el consumo. Ya no cuentan la religión, las ideas políticas ni la solidaridad social con la comunidad: vivimos en una sociedad de lobbies y hobbies. Estamos asistiendo a la descomposición de las sociedades.
El sistema se crea porque existe, y existe porque se crea. No es lo que existe, sino lo que podría y debería existir, lo que necesita de nosotros.
Las sociedades occidentales actuales presentan una imagen que causa rechazo, la de sociedades en las cuales reina un vacío total de significaciones. El único valor es el dinero, la notoriedad en los medios masivos de comunicación o el poder, en el sentido más vulgar e irrisorio del término. En estas sociedades, las comunidades son destruidas y la solidaridad se reduce a disposiciones administrativas. Hoy los hombres –como productores y consumidores- están sometidos al desarrollo de las fuerzas productivas y a la expansión ilimitada de la razón. Enmarcadas en la técnica y la organización, estas son las grandes significaciones imaginarias del mundo moderno, y este vacío en el plano de las significaciones no puede ser cubierto de ninguna manera por el aumento de objetos de consumo. ¿Qué hacer entonces frente a semejante vacío? ¿Qué sentido podría tener el ser-sujeto en un mundo sin sentido?
Caracterizadas por una gran división que pone de un lado a la “clase dirigente” y del otro a los “dirigidos” (ciudadanos no elegibles), nuestras sociedades actuales no son más que regímenes burocráticos, los cuales se basan en la flexibilidad de las instituciones capitalistas y liberales. La “clase dirigente” se agrupa en aparatos políticos burocráticos (partidos políticos) carentes de toda ideología, pero con una capacidad asombrosa para crear líderes, es decir, personajes “vendibles” mediante la intervención de los medios masivos de comunicación y de lo que estos imponen. La “elección” del “líder” está caracterizada por la disociación entre la posibilidad de promoción dentro del partido y la capacidad de trabajar eficazmente para la comunidad. Esta “clase dirigente” se distingue por su empobrecimiento mental, el cual se pone de manifiesto en la superficialidad, incoherencia, esterilidad de ideas y versatilidad propias de sus miembros. Por lo tanto, podemos decir que nuestras democracias occidentales contemporáneas están conformadas por un “líder” y una comunidad pasiva políticamente, a tal punto que la política se ha privatizado y la sociedad se ha despolitizado, desintegrándose así los mecanismos de control y de corrección. El Estado se ha transformado así en un aparato burocrático portador y productor orgánico de una irracionalidad proliferante y el poder se ha dividido en una innumerable cantidad de lobbies, todo lo cual ha conducido a que las sociedades contemporáneas hayan perdido su interés por la política, es decir por su destino como sociedad. Actualmente vivimos en sociedades fragmentadas (desintegración de la familia, del sistema educativo, etc.) en las cuales los valores y las normas son reemplazados por el nivel de vida, el bienestar, el confort y el consumo. Ya no cuentan la religión, las ideas políticas ni la solidaridad social con la comunidad: vivimos en una sociedad de lobbies y hobbies. Estamos asistiendo a la descomposición de las sociedades.


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