viernes, 20 de febrero de 2009

La crisis de la autorrepresenación

No puede haber sociedad que no sea algo para sí misma, que no se presente como siendo algo, como siendo un sí mismo singular y único, referible pero indefinible - en sentido físico o lógico-. Sus atributos son la expresión de las significaciones imaginarias que la mantienen unida como sociedad; ya que ésta no es una colección de individuos que habitan un mismo territorio, hablan el mismo idioma y practican las mismas costumbres, sino que estos individuos pertenecen a la sociedad porque participan en las significaciones imaginarias de esa sociedad, es decir, en sus normas, valores, representaciones, proyectos, tradiciones, etc., y porque comparten –lo sepan o no- la voluntad de ser esta sociedad y hacerla continuamente. Hay sociedad allí donde las significaciones son constitutivas del ser-conjunto, del estar-juntos, simbolizadas por y encarnadas en una red de instituciones. El “yo soy esto” del individuo cobra sentido y contenido por referencia a las significaciones imaginarias y a la constitución del mundo (natural y social) creados por su sociedad. Asimismo, es por medio de los individuos que la sociedad se realiza y se refleja en partes complementarias que no pueden realizarse ni reflejarse (reflexionar) sino realizándola y reflejándola (reflexionándola): esto es lo que constituye la autoinstitución y la autorepresentación de toda sociedad que se precie como tal, pues le permite a las sociedades abrirse a sus propias problemáticas, y una sociedad puede abrirse a sus problemáticas sólo si, en y por esta problemática se sigue afirmando como sociedad.

Sin embargo, en las sociedades occidentales contemporáneas se ha producido un derrumbe de la autorepresentación de la sociedad (y un ser sin capacidad imaginativa no es capaz de entender nada): las sociedades ya no pueden presentarse como un “esto”, porque ese “esto” es exterior y descriptivo, vacío de significado. Nuestras actuales sociedades ya no proveen a los individuos las normas, los valores, las referencias y las motivaciones que les permita, a la vez, hacer funcionar a la sociedad y seguir siendo ellos mismos. El hombre contemporáneo ya no aporta un proyecto relativo a la sociedad, ni el de su transformación, ni siquiera el de su conservación/reproducción: para el hombre contemporáneo lo que está en crisis es la sociedad como tal, pues para él no existe un proyecto colectivo. La sociedad presente no se acepta, se sufre, y si no se acepta es porque no puede mantener o forjarse una representación de sí misma que pueda afirmar ni valorizar, ni puede generar un proyecto de transformación social al que pueda adherir y por el cual quiera luchar.

Al haber perdido la capacidad para autorrepresentarse, nuestras sociedades actuales ya no pueden decir que son, y esto por dos razones principales. En primer lugar, para nuestras sociedades (para nosotros), el pasado debe ser abolido y el futuro se mide en términos de acumulación y progreso. En segundo lugar porque en los tiempos que vivimos conviven la hiperinformación con una indiferencia y una ignorancia esenciales. Claro que esta situación podría ser revertida si el hombre apelara a la creatividad (el hombre es por naturaleza un ser social y creativo), la cual debe ser entendida no en un sentido solamente artístico, sino en un sentido amplio: creatividad en tanto que alumbramiento de formas nuevas tales como autonomía social e individual en el plano de la política - en tanto que actividad colectiva- y pensamiento crítico y reflexivo en el plano filosófico. Pero sucede que la política en tanto que actividad colectiva (y no como profesión especializada) no pudo estar presente hasta el día de hoy sino como espasmo y paroxismo, acceso de fiebre, de entusiasmo, de rabia, de reacción a los excesos de un Poder siempre hostil e inevitable, enemigo y fatalidad, en suma, como “Revolución”. Lo cual muestra de manera clara la dificultad del hombre contemporáneo para prolongar positivamente la crítica del orden existente y la imposibilidad de asumir la aspiración de autonomía como autonomía, al mismo tiempo individual y social (ya que ambas se presuponen mutuamente), instaurando un autogobierno colectivo (Democracia), el cual siempre está siendo puesto en cuestión, dado que la democracia –cuando es verdadera democracia- es el régimen de la reflexividad , el régimen donde se reflexiona y se decide en común qué se va a hacer; donde es posible volver sobre lo que se ha dicho, pensado y decidido para revisarlo y modificarlo. La verdadera Revolución no será ni Francesa ni Rusa, sino que consistirá en la politización de las sociedades, es decir, decidir ocuparse de los asuntos colectivos: este debería ser el estado habitual y normal de toda sociedad.

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