domingo, 8 de marzo de 2009

La clausura y la autoinstitución.

Cada sociedad crea su mundo propio, y lo hace en la clausura: en casi todas las sociedades que hemos conocido resulta imposible cuestionar el mundo propio de la tribu. No porque haya violencia y represión, sino porque un cuestionamiento tal es psíquica y mentalmente inconcebible para los individuos fabricados por la sociedad en cuestión: el sistema se crea porque existe, y existe porque se crea.

Para cualquier sociedad, la salida, en relación con el pensamiento heredado, presupone la conquista de un nuevo punto de vista (que las sociedades contemporáneas son incapaces de producir).

Toda la historia humana se sustenta sobre la base de la creación: lo que quiere decir que la institución de la sociedad siempre es auto-institución, pero auto-institución que no se considera como tal y que no quiere considerarse como tal. Al mismo tiempo, decir que la historia es creación significa que uno no puede explicar ni deducir determinada forma de sociedad a partir de factores reales o de consideraciones lógicas (no es la geografía griega ni el estado de las fuerzas productivas de la época los que explican el nacimiento de la polis griega democrática porque el mundo mediterráneo de la época estaba lleno de ciudades, y porque la esclavitud estaba en todas partes: en Fenicia, en Roma, en Cartago. La democracia fue una creación griega -creación ciertamente limitada, ya que existía la esclavitud, el estatuto de la mujer, etc.-, pero la importancia de esta creación consiste en la idea, inimaginable en la época para el resto del mundo, de que una colectividad puede autoinstituirse explícitamente y autogobernarse).

Entre las creaciones de la historia humana, una es singularmente singular: aquella que permite a la sociedad cuestionarse a sí misma. Creación de la idea de autonomía, de retorno reflexivo sobre sí, de crítica y de autocrítica, de interrogación que no acepta ni reconoce ningún límite. Creación, pues, al mismo tiempo de la democracia y de la filosofía. Porque, así como un filósofo no acepta ningún límite exterior a su pensamiento, de la misma manera la democracia no reconoce límites externos a su poder instituyente, ya que sus únicos límites resultan de su autolimitación.

La naturaleza, o esencia, del hombre es esa capacidad, esa posibilidad en el sentido activo, positivo, no predeterminado, de hacer ser formas diferentes de existencia social e individual. Esto quiere decir que hay, aunque parezca imposible, una naturaleza del hombre o una esencia del hombre, definida por esta especificidad central –la creación- a la manera y el modo según los cuales el hombre crea y se autocrea; y esta creación no está terminada nunca, en ningún sentido de la palabra. La pregunta esencial que deberíamos hacernos en todo momento, como individuos y como sociedad, es ¿Qué es el Hombre? Esta pregunta abre el camino del autocuestionamiento permanente y por ende de la verdadera reflexión filosófica, pues el hombre debiera ser un ser que cuestione explícitamente las leyes de su propia existencia y que sin embargo existe en y por ese mismo cuestionamiento.

Una sociedad autónoma, una sociedad verdaderamente democrática, es una sociedad que cuestiona todo sentido dado de antemano (toda heteronomía), y donde, por ese mismo hecho, se libera la creación de significaciones nuevas, sin embargo el mundo occidental contemporáneo ha dejado de cuestionarse verdaderamente y ese es el problema. Cada vez más, las significaciones de la sociedad son presentadas y aceptadas como legítimas e incuestionables. Y es sólo a partir de la interrogación y la actividad filosófica y política que se crea otra dimensión: no aceptamos una representación, o una idea, simplemente porque la recibimos, y no tenemos que aceptarla; por el contrario, exigimos que se de cuenta y razón de ella, y, así, tenemos creación ontológica, creación de una forma inaudita: así, tenemos la demostración matemática, la cuasi-demostración física, el razonamiento filosófico, o la institución política misma a partir del momento en que ésta se plantea como debiendo ser validada siempre de manera reflexiva y deliberada por la colectividad que ella misma instituye. La creación de la política como política democrática es cuestionamiento abierto de las instituciones efectivas de la sociedad y apertura de la interminable cuestión de la justicia.


Fuente: Cornelius Castoriadis.

No hay comentarios:

Publicar un comentario