domingo, 22 de marzo de 2009

La Polis y la Democracia.

Con la creación de la polis se asiste por primera vez al reconocimiento de hecho de que la fuente de la ley es la sociedad misma, que hacemos nuestras propias leyes (en las democracias actuales la ley -el Estado- son ellos, los otros, la clase dirigente), de donde resulta la apertura de la posibilidad de interrogar y cuestionar a la institución existente de la sociedad, que ya no es sagrada (o en todo caso no es sagrada de la misma manera que antes). Esta ruptura, que es al mismo tiempo una creación histórica, implica una ruptura de la clausura de la significación tal como fue instaurada en las sociedades heterónomas. La ruptura de la heteronomía tiene una triple condición ontológica, histórico-social y psíquica; ella instaura de una sola vez la democracia, la filosofía y la tragedia: instaura la autonomía.

La polis griega era una comunidad reflexiva y deliberativa, por lo tanto política, constituida por individuos verdaderamente libres, es decir por individuos que no están sin hacer nada, ni hacen cualquier cosa. Ellos hacen cosas precisas, definidas, particulares, desean y emplean ciertos objetos y rechazan otros, valoran tales actividades, etc. Ahora bien, esos objetos y esas actividades no son ni pueden ser determinados, exclusiva ni esencialmente, por los individuos solos, están determinados por el campo histórico-social, por la institución específica de la ciudad en la que viven y sus significaciones imaginarias (también en el Renacimiento Europeo asistimos a un proyecto de similares características. La ruptura del feudalismo da lugar a un proyecto de autogobierno de características protoburguesas. Lo que sucede en este caso a diferencia del caso griego, es que no hay una evolución hacia formas democráticas, sino hacia formas “oligárquicas”, hacia la delegación del poder: desde el principio, el mundo occidental funda sus estructuras políticas en la representación. Esta es una creación propia del mundo europeo).

En su verdadera significación, la democracia griega (y deberíamos decir toda democracia) consiste en el hecho de que la sociedad no se detiene en una concepción de lo qué es lo justo, lo igual o lo libre, dada de una vez por todas, sino que se instituye de tal manera que las cuestiones de la libertad, de la justicia, de la equidad y de la igualdad siempre puedan ser replanteadas en el marco del funcionamiento “normal” de la sociedad. Una sociedad es autónoma no sólo si sabe que ella hace sus leyes, sino si está en condiciones de volver a ponerlas explícitamente en cuestión. Asimismo, un individuo es autónomo si pudo instaurar otra relación entre su inconsciente, su pasado, las condiciones en las que vive y él mismo en tanto instancia reflexiva y deliberante. En la democracia ateniense existe una participación esencial del cuerpo político y leyes que procuran facilitar la participación política (no hay Estado como aparato o instancia separada de la colectividad política); la colectividad es la fuente de la institución política propiamente dicha. En el mundo moderno, en cambio, lo que tenemos es un abandono de la esfera pública a los “especialistas”, a los políticos profesionales (interrumpido por fases de explosión política breves y esporádicas, las revoluciones).

El objetivo de la política griega es la independencia (como un fin en sí) y el fortalecimiento de la comunidad política por medio de la paideia (en la Grecia del siglo V la sociedad forma al individuo por medio de la paideia de los ciudadanos, es decir, la educación en el sentido más amplio del término) y las obras comunes. En los tiempos modernos subsiste la idea de un individuo autárquico y autoproductor que entra en un contrato social con los otros para formar una sociedad o un Estado; de allí las ideas del individuo contra la sociedad o el Estado, y de la sociedad civil contra el Estado, puesto que en nuestros tiempos lo que se entiende por actividad política consiste en la defensa de los intereses (privados, de grupo, de clase) y la defensa contra el Estado, o las reivindicaciones que le son dirigidas.


Fuente: Cornelius Castoriadis.

No hay comentarios:

Publicar un comentario