La historia es creación y cada forma de sociedad es una creación particular. De este modo podemos hablar de institución imaginaria de la sociedad, porque esta creación es obra del imaginario colectivo anónimo. La creación social es, por lo tanto, creación de un mundo, el mundo propio de esta sociedad: es autoinstitución.
La autoinstitución de la sociedad establece un parentesco entre filosofía y política, dado que ambas aspiran a nuestra libertad, a nuestra autonomía –como ciudadanos y como seres pensantes- y en los dos casos hay, al comienzo, una voluntad –pensada, lúcida, pero voluntad al fin- que aspira a esa libertad. La pertinencia política de la filosofía es que la crítica y la elucidación filosóficas permiten destruir precisamente los falsos presupuestos filosóficos (o teológicos) que a menudo sirvieron para justifica los regímenes heterónomos. Sin embargo, las sociedades actuales poseen una capacidad terrible de sofocar cualquier divergencia verdadera, ya sea callándola o bien haciendo de ella un fenómeno entre otros, comercializado como los otros: el capitalismo no necesita de autonomía, sino de conformismo; su triunfo actual se debe a que vivimos una época de conformismo generalizado, no sólo en lo que se refiere al consumo, sino en la política, en las ideas, en la cultura, etc. Todo esto no surge de un dictador, o de un puñado de capitalistas, o de un grupo de formadores de opinión: es una inmensa corriente histórico-social que va en esta dirección y que hace que todo se transforme en insignificante.
Fuente: Cornelius Castoriadis.


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