La historia humana es creación, pero ¿Qué es la creación?
La creación es la capacidad de hacer surgir lo que no está dado, ni es derivable, combinatoriamente o de otra forma, a partir de lo dado: es la capacidad de hacer surgir nuevas formas. Pero ni en el terreno histórico-social, ni en ningún otro, la creación significa que cualquier cosa ocurre en cualquier parte, en cualquier momento ni de cualquier manera.
La idea misma de creación se opone al postulado de un determinismo integral y exhaustivo, y si bien no significa que haya indeterminación., sí presupone una cierta indeterminación en el ser, en el sentido de que lo que es, no es nunca de manera tal que excluya el surgimiento de nuevas formas, de nuevas determinaciones: lo que es no está cerrado sino abierto, lo que es, es siempre por-ser.
Pero creación tampoco significa indeterminación en otro sentido: la creación es precisamente la posición de una nueva determinación, una nueva forma , un eidos, es decir un conjunto de determinaciones, un conjunto de posibles y de imposibles definidos a partir del momento en que la forma es planteada: posición de nuevas determinaciones y de determinaciones otras, no reductibles a lo que ya estaba allí, no deducibles y no producibles a partir de lo que ya estaba allí, aunque al mismo tiempo siempre se usa algo de lo que ya estaba ahí. Pero al crear otra cosa, la sociedad le da una nueva significación a lo que toma prestado de los mundos anteriores: las formas que cada sociedad crea (instituye) no son ni necesarias ni contingentes: son creadas ex nihilo, es decir de manera inmotivada (la polis griega, por ejemplo, se constituye utilizando la mitología griega; también la tragedia griega utiliza la mitología convirtiéndola en otra cosa).
Mediante la creación de formas nuevas es como se constituye un sistema de normas, de instituciones en el sentido más amplio del término, de valores, de orientaciones, de finalidades tanto de la vida colectiva como individual. En el núcleo de estas formas se encuentran cada vez las significaciones imaginarias sociales, creadas por una sociedad, y que sus instituciones encarnan. Dicha creación es obra del colectivo imaginario anónimo, del imaginario instituyente, que deviene así en poder instituyente, poder nunca plenamente explicitable; pero al mismo tiempo toda sociedad instituye, y no puede vivir sin instituir, un poder explícito, ligado a la noción de lo político; es decir constituye instancias que pueden emitir exhortaciones sancionables explícita y efectivamente.
¿Por qué un poder semejante es necesario?
Lo podemos entender en primer lugar comprobando que toda sociedad debe conservarse, preservarse, defenderse. Ella es puesta en cuestión constantemente, primero por la evolución del mundo, el inframundo tal cual es antes de su construcción social. Está amenazada por ella misma, por su propio imaginario que puede resurgir y cuestionar la institución existente. También está amenazada por las transgresiones individuales, resultado del hecho de que el núcleo de cada ser humano posee un psique singular, irreductible e indomable. Por último, está amenazada, en principio, por las otras sociedades. También y sobre todo, cada sociedad está sumergida en una dimensión temporal indominable, un futuro que está por hacerse, relativo al cual no sólo hay enormes incertidumbres, sino decisiones que deben ser tomadas.
El alcance ontológico de esta comprobación es inmenso: existe, al menos, un tipo de ser que crea lo otro, que es fuente de alteridad, y que por ese camino se altera a sí mismo: el Hombre.
Si esto es cierto, entonces, contrariamente al viejo lugar común, lo que hace del hombre un hombre no es que sea razonable o racional (no hay un ser más loco que el hombre, ya sea que se lo considere en los lugares más recónditos de su psiquismo, o en sus actividades diurnas), sino el hecho de que es un ser imaginativo, de imaginación radical, inmotivada, desfuncionalizada. Lo propio del hombre es la creación, la imaginación, la capacidad de hacer existir lo que no está meramente en el mundo físico y, por sobre todo, de representarse, y a la manera propia de cada cual, de presentar para sí, eso que rodea y le importa al ser viviente, y sin duda, también, su propio ser. La imaginación es el despliegue de un espacio y un tiempo. Y cada uno de nosotros tiene espacio y tiempo propios.
¿Cómo llegamos entonces a tener un espacio común colectivo y social? Y lo que es más difícil todavía ¿cómo llegamos a tener un tiempo común?
El hombre es psyche, alma, psique profunda, inconsciente; y al mismo tiempo es sociedad, es en y por la sociedad, su institución y las significaciones imaginarias sociales que hacen apta a la psyche para la vida; y la sociedad es historia, presente histórico. El hombres es por tanto un ser psíquico y un ser histórico-social, y es en esos dos niveles donde encontramos la capacidad de creación, la imaginación, el imaginario. Es un ser que busca el sentido, y que, por ello, lo crea; pero en primer lugar, y durante mucho tiempo, crea el sentido en la clausura y crea la clausura del sentido, y siempre intenta, incluso actualmente, volver a él. Es la ruptura de esta clausura lo que es inaugurado con el nacimiento y el renacimiento, conjugado, de la filosofía y la política, en dos ocasiones, en Grecia y en Europa occidental. Pues ambas son, a la vez, cuestionamientos radicales de las significaciones imaginarias sociales establecidas y de las instituciones que las encarnan. De este modo, la imaginación concebida como representativa, afectiva y deseante, se vuelve autónoma.
La filosofía, en efecto, comienza con la pregunta ¿Qué debo pensar? Antes que haya cuestión del ser, es necesario que el ser humano pueda plantearse la pregunta ¿Qué debo pensar? Aunque, generalmente, en la historia no hace esto. Piensa lo que le dicen que piense la Biblia, el Corán, el secretario general, el partido, el brujo de la tribu, los ancestros, etc. Por supuesto, la pregunta ¿Qué debo pensar? Se despliega en una multitud de otras preguntas: ¿Qué debo pensar del ser? ¿Qué debo pensar de mí mismo? ¿Qué debo pensar del pensamiento mismo?; preguntas por medio de las cuales se realiza la propia reflexividad del pensamiento. Pero decir ¿Qué debo pensar? es poner en juego y cuestionar las representaciones instituidas y heredadas de la colectividad, de la tribu, y abrir el camino de una interrogación interminable.
Cuestionar, entonces, estas representaciones, estas significaciones y estas instituciones equivale a cuestionar las leyes mismas de su propio ser y hacerlo en forma reflexiva y deliberada. Es lo que sucede con la filosofía y la política cuando son verdaderas.
Es justamente en y por lo histórico-social que aparecen la subjetividad reflexiva y el sujeto político, en tanto se oponen a aquello que proviene de la humanidad “anterior”, esto es: a los individuos conformes, socialmente fabricados, tan respetables, dignos de estima y amor como sea posible. También, en y por lo histórico-social se crean un espacio y un tiempo públicos de reflexión (si la reflexión no quiere algo, no existe como reflexión. La búsqueda de la verdad es voluntad de verdad), un ágora sincrónica y diacrónica, que impide a cada subjetividad encerrarse en su propia clausura. Por último, en la medida en que lo histórico-social es creación continua y creación densa, los resultados de la reflexión filosófica adquiridos cada vez pueden ser y son nuevamente cuestionados. Sin una creación semejante, la filosofía, una vez creada, correría el riesgo de estereotiparse, o de transformarse en un simple ordenamiento lógico del mundo social dado, dado de una vez por todas, y la filosofía no es sabiduría adquirida de una vez y para siempre, sino interrogación ilimitada. Por otra parte, no somos coherentes si no reconocemos el estatuto filosófico de lo histórico-social como lugar donde el hecho puede convertirse en derecho y el derecho puede convertirse en hecho.
La creación es la capacidad de hacer surgir lo que no está dado, ni es derivable, combinatoriamente o de otra forma, a partir de lo dado: es la capacidad de hacer surgir nuevas formas. Pero ni en el terreno histórico-social, ni en ningún otro, la creación significa que cualquier cosa ocurre en cualquier parte, en cualquier momento ni de cualquier manera.
La idea misma de creación se opone al postulado de un determinismo integral y exhaustivo, y si bien no significa que haya indeterminación., sí presupone una cierta indeterminación en el ser, en el sentido de que lo que es, no es nunca de manera tal que excluya el surgimiento de nuevas formas, de nuevas determinaciones: lo que es no está cerrado sino abierto, lo que es, es siempre por-ser.
Pero creación tampoco significa indeterminación en otro sentido: la creación es precisamente la posición de una nueva determinación, una nueva forma , un eidos, es decir un conjunto de determinaciones, un conjunto de posibles y de imposibles definidos a partir del momento en que la forma es planteada: posición de nuevas determinaciones y de determinaciones otras, no reductibles a lo que ya estaba allí, no deducibles y no producibles a partir de lo que ya estaba allí, aunque al mismo tiempo siempre se usa algo de lo que ya estaba ahí. Pero al crear otra cosa, la sociedad le da una nueva significación a lo que toma prestado de los mundos anteriores: las formas que cada sociedad crea (instituye) no son ni necesarias ni contingentes: son creadas ex nihilo, es decir de manera inmotivada (la polis griega, por ejemplo, se constituye utilizando la mitología griega; también la tragedia griega utiliza la mitología convirtiéndola en otra cosa).
Mediante la creación de formas nuevas es como se constituye un sistema de normas, de instituciones en el sentido más amplio del término, de valores, de orientaciones, de finalidades tanto de la vida colectiva como individual. En el núcleo de estas formas se encuentran cada vez las significaciones imaginarias sociales, creadas por una sociedad, y que sus instituciones encarnan. Dicha creación es obra del colectivo imaginario anónimo, del imaginario instituyente, que deviene así en poder instituyente, poder nunca plenamente explicitable; pero al mismo tiempo toda sociedad instituye, y no puede vivir sin instituir, un poder explícito, ligado a la noción de lo político; es decir constituye instancias que pueden emitir exhortaciones sancionables explícita y efectivamente.
¿Por qué un poder semejante es necesario?
Lo podemos entender en primer lugar comprobando que toda sociedad debe conservarse, preservarse, defenderse. Ella es puesta en cuestión constantemente, primero por la evolución del mundo, el inframundo tal cual es antes de su construcción social. Está amenazada por ella misma, por su propio imaginario que puede resurgir y cuestionar la institución existente. También está amenazada por las transgresiones individuales, resultado del hecho de que el núcleo de cada ser humano posee un psique singular, irreductible e indomable. Por último, está amenazada, en principio, por las otras sociedades. También y sobre todo, cada sociedad está sumergida en una dimensión temporal indominable, un futuro que está por hacerse, relativo al cual no sólo hay enormes incertidumbres, sino decisiones que deben ser tomadas.
El alcance ontológico de esta comprobación es inmenso: existe, al menos, un tipo de ser que crea lo otro, que es fuente de alteridad, y que por ese camino se altera a sí mismo: el Hombre.
Si esto es cierto, entonces, contrariamente al viejo lugar común, lo que hace del hombre un hombre no es que sea razonable o racional (no hay un ser más loco que el hombre, ya sea que se lo considere en los lugares más recónditos de su psiquismo, o en sus actividades diurnas), sino el hecho de que es un ser imaginativo, de imaginación radical, inmotivada, desfuncionalizada. Lo propio del hombre es la creación, la imaginación, la capacidad de hacer existir lo que no está meramente en el mundo físico y, por sobre todo, de representarse, y a la manera propia de cada cual, de presentar para sí, eso que rodea y le importa al ser viviente, y sin duda, también, su propio ser. La imaginación es el despliegue de un espacio y un tiempo. Y cada uno de nosotros tiene espacio y tiempo propios.
¿Cómo llegamos entonces a tener un espacio común colectivo y social? Y lo que es más difícil todavía ¿cómo llegamos a tener un tiempo común?
El hombre es psyche, alma, psique profunda, inconsciente; y al mismo tiempo es sociedad, es en y por la sociedad, su institución y las significaciones imaginarias sociales que hacen apta a la psyche para la vida; y la sociedad es historia, presente histórico. El hombres es por tanto un ser psíquico y un ser histórico-social, y es en esos dos niveles donde encontramos la capacidad de creación, la imaginación, el imaginario. Es un ser que busca el sentido, y que, por ello, lo crea; pero en primer lugar, y durante mucho tiempo, crea el sentido en la clausura y crea la clausura del sentido, y siempre intenta, incluso actualmente, volver a él. Es la ruptura de esta clausura lo que es inaugurado con el nacimiento y el renacimiento, conjugado, de la filosofía y la política, en dos ocasiones, en Grecia y en Europa occidental. Pues ambas son, a la vez, cuestionamientos radicales de las significaciones imaginarias sociales establecidas y de las instituciones que las encarnan. De este modo, la imaginación concebida como representativa, afectiva y deseante, se vuelve autónoma.
La filosofía, en efecto, comienza con la pregunta ¿Qué debo pensar? Antes que haya cuestión del ser, es necesario que el ser humano pueda plantearse la pregunta ¿Qué debo pensar? Aunque, generalmente, en la historia no hace esto. Piensa lo que le dicen que piense la Biblia, el Corán, el secretario general, el partido, el brujo de la tribu, los ancestros, etc. Por supuesto, la pregunta ¿Qué debo pensar? Se despliega en una multitud de otras preguntas: ¿Qué debo pensar del ser? ¿Qué debo pensar de mí mismo? ¿Qué debo pensar del pensamiento mismo?; preguntas por medio de las cuales se realiza la propia reflexividad del pensamiento. Pero decir ¿Qué debo pensar? es poner en juego y cuestionar las representaciones instituidas y heredadas de la colectividad, de la tribu, y abrir el camino de una interrogación interminable.
Cuestionar, entonces, estas representaciones, estas significaciones y estas instituciones equivale a cuestionar las leyes mismas de su propio ser y hacerlo en forma reflexiva y deliberada. Es lo que sucede con la filosofía y la política cuando son verdaderas.
Es justamente en y por lo histórico-social que aparecen la subjetividad reflexiva y el sujeto político, en tanto se oponen a aquello que proviene de la humanidad “anterior”, esto es: a los individuos conformes, socialmente fabricados, tan respetables, dignos de estima y amor como sea posible. También, en y por lo histórico-social se crean un espacio y un tiempo públicos de reflexión (si la reflexión no quiere algo, no existe como reflexión. La búsqueda de la verdad es voluntad de verdad), un ágora sincrónica y diacrónica, que impide a cada subjetividad encerrarse en su propia clausura. Por último, en la medida en que lo histórico-social es creación continua y creación densa, los resultados de la reflexión filosófica adquiridos cada vez pueden ser y son nuevamente cuestionados. Sin una creación semejante, la filosofía, una vez creada, correría el riesgo de estereotiparse, o de transformarse en un simple ordenamiento lógico del mundo social dado, dado de una vez por todas, y la filosofía no es sabiduría adquirida de una vez y para siempre, sino interrogación ilimitada. Por otra parte, no somos coherentes si no reconocemos el estatuto filosófico de lo histórico-social como lugar donde el hecho puede convertirse en derecho y el derecho puede convertirse en hecho.
Fuente: Cornelius Castoriadis.


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