sábado, 11 de abril de 2009

La (Verdadera) Política.

La verdadera política no es más que la actividad que, partiendo de una interrogación de la forma y contenido deseables de las instituciones explícitas de la sociedad, adopta como objetivo la puesta en marcha de instituciones que consideramos mejores, especialmente las que permiten y favorecen la autonomía humana.

En un verdadero régimen democrático (como es la polis), participo efectivamente en la instauración de las leyes bajo las cuales vivo. Mi participación sería plena, no a través de “representantes” o referéndums sobre cuestiones de las cuales se me ha hecho imposible conocer los pormenores, sino con conocimiento de causa, de manera que supiera reconocer en las leyes mis propias leyes, incluso cuando no estoy de acuerdo con su contenido, precisamente por haber gozado de la oportunidad de participar en la formación de la opinión común. Una tal autonomía, ya sea en el plano individual como en el colectivo, no nos garantiza, evidentemente, una respuesta automática a todos los asuntos que la existencia humana plantea; aún tendremos que afrontar las condiciones trágicas que caracterizan la vida, el no siempre saber distinguir, ni individual ni colectivamente, dónde campea el bien y dónde el mal. Pero no estamos condenados al mal, como tampoco al bien, porque podemos la mayor parte del tiempo volver atrás, individual y colectivamente, reflexionar sobre nuestros actos, retomarlos, corregirlos, repararlos. Vivir en un régimen democrático debiera ser vivir en un régimen en el cual todas las preguntas pueden ser abordadas, donde todo es puesto en cuestión, ya que el objetivo de la política no es la felicidad sino la libertad: en un régimen de este tipo uno tiene que tener la posibilidad efectiva de participar en la formación de la ley (institución). Sólo puedo ser libre bajo una ley si puedo decir que esa ley es la mía, si tuve la posibilidad efectiva de participar en su formación y en su posición (aún cuando mis preferencias no hayan prevalecido). Por el hecho de que la ley es necesariamente universal en su contenido y, en una democracia, colectiva en su fuente, resulta que la autonomía (la libertad efectiva) de todos, en una democracia, es y debe ser una preocupación de cada uno. Mi propia libertad, en su realización efectiva, es función de la libertad efectiva de los otros. El individuo (yo) es en y por la sociedad, fuera de ella no puede existir física ni psíquicamente.

Podemos decir entonces que la política es el cuestionamiento de las instituciones establecidas y, de esta manera adquiere también carácter de cuestionamiento filosófico en tanto que cuestionamiento de las representaciones colectivamente admitidas. Política práctica y filosofía, praxis y pensamiento, pueden ayudarnos a delimitar, mejor aún, a transformar, la parte enorme de contingencia que determina nuestra vida, mediante la acción libre.

Cada vez que la sociedad se instituye lo hace en la clausura de sus significaciones imaginarias sociales. La creación histórica de la filosofía es ruptura de esa clausura, cuestionamiento explícito de esas significaciones imaginarias sociales. De ahí su consustancialidad con la democracia. Ninguna de las dos es posible como no sea en y por medio de un inicio de ruptura de la heteronomía social y la creación de un nuevo tipo de ser: la reflexividad subjetiva y deliberante. La creación de la reflexión –del pensamiento- corre pareja con la creación de un nuevo tipo de discurso, el discurso filosófico, que encarna la interrogación ilimitada y que se modifica a sí mismo a lo largo de su historia.
Fuente: Cornelius Castoriadis.

No hay comentarios:

Publicar un comentario