La democracia griega es posible a partir del momento en que se sale del mundo sagrado, de la significación imaginaria de un fundamento trascendente de la ley y de una norma extra-social de las normas sociales, de la autolimitación: es un régimen que no reconoce normas provenientes desde el exterior y debe plantearlas sin poder apoyarse en otra norma. De este modo, la democracia griega debe hacer frente a la cuestión de la autolimitación; esto la convierte, ciertamente, en un régimen trágico, sujeto a la hybris (la hybris –desmesura- no tiene una frontera trazada, nadie sabe en que momento comienza, y sin embargo hay un momento en que uno está en hybris, y entonces los dioses o las cosas intervienen para aplastarlo). En este sentido la tragedia posee una significación política muy clara: el llamado constante a la autolimitación. La tragedia es –también y sobre todo- la exhibición de los efectos de la hybris y, más que eso, la demostración de que pueden coexistir razones contrarias (Antígona) y que no es obstinándose en la razón como se hace posible la solución de graves problemas que pueden aparecer en la vida colectiva. Pero por encima de todo, la tragedia es democrática en el hecho de que conlleva el recuerdo constante de la mortalidad, a saber, de la limitación radical del hombre.
La tragedia griega toma sus temas de la tradición mitológica, pero cada tragedia remodela esa tradición renueva su significación.
La tragedia griega toma sus temas de la tradición mitológica, pero cada tragedia remodela esa tradición renueva su significación.
Fuente: Cornelius Castoriadis.


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