sábado, 11 de abril de 2009

Sexto Viento: una otra digna rabia.

Buenas noches.

Gracias a Don Eduardo Almeida por ayudarnos en la moderación. Es un honor tenerlo con nosotros.

Desde los inicios de nuestro alzamiento, nos llamó la atención la simpatía y el apoyo que recibíamos, y afortunadamente seguimos recibiendo, de 4 sectores de la población: de los indígenas, las mujeres, los jóvenes y jóvenes, y de homosexuales, lesbianas, transgénero, transexuales, principalmente, aunque no sólo, trabajadores y trabajadoras sexuales.
Y desde entonces nos hemos esforzado por encontrar las razones o motivos que nos daban este privilegio.

Poco a poco hemos ido entiendo, no sé todavía si acertamos, que es porque tenemos en común esto de ser “otros”, “otras”, excluidos, perseguidos, discriminados, temidos.
Como si se hubiera impuesto una normalidad o un estándar, con sus clasificaciones y anaqueles, y todo lo que no entrara en esas clasificaciones fuera puesto en un archivero cada más abultado, marcado con el letrero “lo otro”.

Por supuesto que estas clasificaciones son también calificaciones, y con ellas viene una serie de códigos culturales y pautas de comportamiento que deben ser cumplidas.
Una especie de manual de supervivencia que el ser humano no recibe encuadernado, sino que lo asimila por dosis, la mayoría de las veces, brutales, en el largo o corto trayecto de su maduración, es decir, de su domesticación.

Hagan de cuenta como un folleto de “¿Qué hacer en caso de…?”
Y así, no escritos pero evidentes y omnipresentes, habría folletos de “¿Qué hacer frente a un indígena?”, o “¿Qué hacer frente a una mujer?”, o “¿Qué hacer frente a una joven o un joven?”, o “¿Qué hacer frente a un homosexual, una lesbiana, un transgénero, un o una transexual?”
Claro que no son un proyecto editorial, pero están tan difundidos que su publicación haría millonario a cualquiera. La colección podría llamarse “Sea una persona normal” y sacarse en fascículos coleccionables.

Pudiera pensarse que cada uno de estos manuales de “educación” o “supervivencia en la normalidad” tiene sus especificidades, y las tienen. Pero también tienen cosas en común:
“¡Desconfíe!”, “¡Desprecie!”, “¡Discrimine!”, “¡Agreda!”, “¡Búrlese!” serían alguna de ellas.
Y en sus especificidades podríamos encontrar:
El folleto de “¿Qué hacer frente a un indígena?” podría dar detalles, por ejemplo, diría: “mire de arriba abajo, de modo que esa cosa que tiene enfrente sepa quién manda y sepa que no todos somos iguales, sonría burlonamente, haga chistes sobre la forma de hablar o de vestir de la cosa ésa. ¿Su valor?, vale menos que un pollo”.

Y el de “¿Qué hacer frente a una mujer?” diría: “Si usted es hombre mírela como lo que es, como un objeto, como una puta con dueño o sin dueño todavía. Si usted es mujer, haga lo mismo. Valórela en sus posibilidades de uso sexual, fuerza de trabajo o elemento decorativo. Agrédala. Si está buena, manoséela, tómela, hágala suya, o al menos inténtelo, si es necesario el uso de la fuerza no lo dude, empléela. Que ese objeto que tiene sepa quién manda y que sepa que no todos somos iguales.”No hay que temer decirlo; este manual está sumamente extendido y es practicado con entusiasmo en el sector de varones o machos que decimos estar abajo y a la izquierda. Silenciarlo, ocultarlo, no nos exime de la culpabilidad ni exorciza el fantasma de que a veces nos parecemos demasiado a los que decimos combatir.

Y el folleto de “¿Qué hacer frente a un joven o jovena?” diría: “En primer lugar asuma que se encuentra usted frente a un delincuente en activo o en potencia. Además de barros y espinillas, la cosa ésa tiene tendencias naturales al vandalismo y la violencia. Asuma también la ventaja que usted tiene en los calendarios, algo que la cosa deberá entender. No se preocupe por su rebeldía, se le pasará cuando el calendario, con ayuda de la policía, haga su trabajo.”

Y en el folleto de “¿Qué hacer frente a un homosexual, una lesbiana, transgénero o transexual?”, se leería: “Asuma usted que está frente a un criminal enfermo, así que aléjese (no se ha descartado que la putería sea contagiosa), si los tiene, mantenga a sus hijos alejados. En casos extremos acuda a su confesor de cabecera (nota: a falta de éste, un miembro del PAN, o de cualquier partido de derecha, puede servir)”:
Digámoslo: no sólo frente a las mujeres, también frente a las diversas preferencias sexuales, la izquierda es profundamente machista.

¿Y los zapatistas, las zapatistas?

Tal vez estamos igual o peor. En el mejor de los casos nos falta un buen.
Pero con un empeño en aprender y, sobre todo, con los espacios que nos posibilitan esos aprendizajes y con las maestras, maestros y maestroas: ustedes.
En los relatos que hemos ido soltando a lo largo de estos años, hemos tratado de mostrar nuestra realidad en esto, nuestra fallas y carencias, pero también nuestros “modos” para tratar de superar las unas y las otras.

Frente a las diferencias sexuales, ha sido más fácil. Tal vez porque llegamos menos domesticados.
En uno de los recorridos de La Otra Campaña, encontramos a los compañeros y compañeras de la Brigada Callejera (que nos enseñaban, aún sin saberlo, desde hace mucho tiempo). Les preguntábamos entonces sobre el problema de la arroba. Ésta es políticamente correcta, pero sólo incluye al masculino y al femenino y ya, como si fueran la única opción sexual, falta lo otro. Los compañeros y compañeras de Brigada Callejera nos dijeron que usaban “compañeric” o “compañerotic”, no estoy muy seguro.

Nosotros buscamos nuestro modo y llegamos en esto que hemos llamado “compañeroa”.
Bueno, el primer relato cuenta el encuentro de Elías Contreras y la Magdalena. La Magdalena era una “compañeroa”. Quien piense que ella, o él, según, es un personaje literario se equivoca. La Magdalena existió y fue real, ubicable en el calendario y la geografías zapatistas, como es ubicable el acontecimiento donde le salvó la vida a Elías Contreras, un indígena zapatista que se asomó a la ciudad con esa capacidad de asombro y ese empeño por entender que pocas personas poseen.
En lo que se refiere a las mujeres vamos todavía muy atrás. Hace un rato, en la tarde, escuchamos en voz de la Comandanta Hortensia los avances que han tenido como mujeres en la lucha.

A ella le faltó decir que lo han logrado a pesar de la firme oposición nuestra. Si los hombres no hablamos mucho de ello es porque sería una larga y penosa cuenta de derrotas.
Tenemos muchos problemas. Por ejemplo, en nuestros cuarteles las condiciones de higiene no son las óptimas, y es común que se presenten en las insurgentas enfermedades como infecciones en vías urinarias. La Capitana de Sanidad Elena no me dejará mentir: se batalla mucho en lograr que sus parejas varones tomen también el tratamiento que reciben y las re infectan una y otra vez.

Y no sólo. También batallamos en el uso del condón. Nuestra compañeras insurgentas suelen ser muy jóvenes y tienen problemas de salud con el uso de anticonceptivos. Las pastillas o el parche o el injerto les hacen daño, y el dispositivo también. Como son muy jóvenes, se les insiste a sus parejas varones que usen condón. Pero, como comprenderán, es muy difícil checar que eso se cumple, como que no podemos ir a cada techo para ver si lo están usando o no. Yo les he ofrecido mi “pedagogía del machete”, y los amenazo con hacerles la vasectomía con mi habilidad quirúrgica.

Y en el respeto a la mujer también nos falta. Hay una anécdota que les quiero contar:
Hace unos días estábamos reunidos hablando de que iba a venir la Comandanta Sandinista Mónica Baltodano. Una de las comandantas sacó aquella frase que decían las mujeres sandinistas que decía “no se puede hacer la revolución sin la participación de las mujeres”. Yo, bromeando, le dije que yo iba a sacar una frase que dijera “se puede hacer la revolución a pesar de las mujeres”. La comandanta me miró ahora sí que de arriba abajo y me dijo: “Urr, Sup, estamos haciendo una guerra de liberación. Si estamos tardando es por culpa de los pinches hombres”.
Fuente: Enlace Zapatista.

No hay comentarios:

Publicar un comentario