sábado, 9 de mayo de 2009

Autonomía y Democracia.

¿Qué significa ser autónomo para un ser?

En principio ser autónomo se opone a ser heterónomo. La autonomía consiste en que cada uno se dé su propia ley. ¿Y qué es la ley? La ley es la forma, es el universal que rige particularidades que le son relativamente indiferentes, y la forma es el orden de lo determinado-determinante, y es en sí misma del orden de lo universal. Y los entes de la physis tienen en sí mismos principio de creación de forma. Por lo tanto, entendemos por autonomía a la capacidad –de una sociedad o de un individuo- de actuar deliberada y explícitamente para modificar su ley, es decir su forma. El nomos deviene autocreación explícita de forma, cosa que siempre lo hace aparecer como opuesto a la physis y a la vez como uno de sus resultados. Si tanto para el individuo como para la sociedad ser autónomo significa darse su propia ley, quiere decir que el proyecto de autonomía da pie a una búsqueda sobre la ley que debo (y que todos debemos) adoptar.

La única verdadera limitación que puede comportar la democracia en una sociedad autónoma es la autolimitación, que en última instancia es la tarea y la obra de individuos (ciudadanos) educados por y para la democracia. Esa educación es imposible si no se acepta que en su contenido las instituciones que nos damos no son ni absolutamente necesarias ni totalmente contingentes. Ello significa que no hay sentido regalado, ni tampoco garante ni garantía del sentido, y que el único sentido es el que creamos en y a través de la historia. Vale decir que al igual que la filosofía, la democracia necesariamente pone de lado lo sagrado. En otras palabras, la democracia exige que los seres humanos acepten en su comportamiento real algo que en realidad casi nunca han querido aceptar (y que en el fondo de nosotros mismos nunca terminamos de aceptar), esto es, que son mortales. Recién a partir del insuperable –y casi imposible- convencimiento de nuestra propia mortalidad y de todo lo que hacemos, podemos vivir como seres autónomos que, viendo en los demás seres autónomos, hacen posible una sociedad autónoma.

En nuestras sociedades y democracias actuales, la expansión ilimitada del “dominio racional” suprime sin más la autonomía, que a su vez, en tanto autolimitación, no podría coexistir con ninguna expansión ilimitada, ni siquiera con la de alguna pretendida “racionalidad”.
Fuente: Cornelius Castoriadis.

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