Con la aparición de lo humano tiene lugar una neoformación biológicamente monstruosa: la imaginación radical del individuo singular. Ahora bien, si ese ser tiene que sobrevivir, mal o bien la imaginación deberá acoplarse a todo lo que le impone la socialización: “lógica”, “realidad”, etc., sin que esa misma socialización logre reabsorber nunca del todo el núcleo de imaginación radical de la psique singular: a lo largo de la historia del individuo (lo mismo que un psicoanálisis) encontramos constantemente el carácter magmático de este existente (el ser es magmático porque es creación y temporalidad). Así pues, mal o bien acoplados coexisten y llegan a un comportamiento “normal” o “patológico”, la mónada psíquica originaria y los estratos envolventes que le impuso la socialización (pero también las dimensiones oral, anal, y genital, o libido y pulsión destructiva, siempre inextricablemente intricadas). Sin embargo en ningún otro lado podemos ver con más claridad el carácter magmático de los objetos efectivos como en el terreno histórico-social.
Si en su primer aspecto (el aspecto perceptivo, involucrado con lo “externo”), la imaginación radical le crea al Hombre un mundo propio “genérico”, un mundo lo suficientemente compartido con los demás miembros de la especie humana, en su segundo aspecto (“interno”), el aspecto propiamente psíquico, crea un mundo propio singular. Este “interior” es el que posibilita y condiciona primero un distanciamiento con relación al mundo considerado como meramente “dado”, y en segundo lugar una posición y disposición activa y actuante respecto de ese mundo. Representación, afecto e intención son al mismo tiempo principios de formación del mundo propio y principio de distanciamiento respecto de ese mundo y de acción sobre él, pues no se puede transformar sin pensar, calcular y juzgar. Esto demuestra que en la imaginación hay un movimiento autónomo: en y para el inconsciente, lo “real” es puramente imaginario (la creación de un mundo propio precede necesariamente a cualquier “lección” que los acontecimientos de ese mundo puedan dar: esta es la esencia misma de todo ser para sí).
Esa prevalencia de la proyección no debe impedirnos comprobar, en el caso del Hombre, la importancia y la fuerza particulares de los procesos y esquemas introyectivos: la psique humana no puede vivir fuera de un mundo de sentido (de ahí que, a partir de la ruptura de su estado originario “autístico” o “monádico”, aparezca en el Hombre la pulsión epistemofílica (wisstrieb), es decir, la búsqueda de sentido por parte del ser humano singular) . Por eso, cuando tal como debe ser a lo largo de la socialización, su propio sentido monádico es dislocado, la catástrofe resultante debe ser reparada por la interiorización del sentido que le ofrecen las personas investidas de su entorno. El proceso de socialización sólo es posible por la necesidad vital de sentido que experimenta la psique y por el hecho de que la sociedad misma no es otra cosa que la institución de sentido en forma de significaciones imaginarias sociales (imaginario social instituyente).
Representación, imaginación radical y fabricación social del individuo.
Para el hombre, representación no quiere ni puede querer decir fotografía o calco de un “mundo externo”, sino de presentación por y para el hombre; presentación mediante la cual crea su propio mundo a partir de lo que para él son simples choques. El viviente crea información para él. Sólo hay información para un sí mismo, capaz, o no, de transformar la x del choque externo en información. Las condiciones en las que un enunciado constituye una información para alguien dependen esencialmente de lo que ya es ese alguien. El viviente debe en primer lugar darle forma (in-formar) a la x del choque haciéndosela presente, hacer de ella una imagen en el sentido más amplio del término. Pero nunca hay imagen sin puesta en relación.
Mediante un desarrollo monstruoso de la imaginación, esa neoformación psíquica que es el mundo psíquico humano se vuelve a-funcional: el hombre es un animal radicalmente inepto para la vida. La a-funcionalidad de la psique humana se manifiesta en la insuficiencia y en la ruptura de las “regulaciones instintivas” que rigen el comportamiento animal y se funda en dos caracteres del psiquismo humano:
A) La autonomización de la imaginación, que ya no está funcionalmente supeditada. Hay flujo representativo ilimitado, incontrolable, espontaneidad representativa sin fines asignables, deslizamientos entre “imagen” y “choque”, desligamiento entre el flujo representativo y lo que sería un “representante canónico” de la satisfacción biológica.
B) El predominio, en el hombre, del placer representativo sobre el placer de órgano, siendo el desligamiento de la sexualidad con respecto a la reproducción no sólo una de sus consecuencias más manifiestas, sino a la vez más banales y de mayores consecuencias.
De ahí surge, no como “causa” sino como condición de existencia la creación de la sociedad.
El psiquismo animal estalla en el hombre por presión de una desmesurada inflación imaginativa en la cual subsisten importantes elementos de la organización psicobiológica animal (pero también muchos despojos de esa lógica ensídica que regula al psiquismo como psiquismo animal). Esos elementos son absolutamente insuficientes para la supervivencia de este extraño bípedo. Pero le hacen de soporte a la fabricación social del individuo social, es decir de los humanos tal como los conocemos. Esta fabricación presupone que la imaginación sensorial permanezca más o menos idéntica en los especimenes singulares de la especie humana, y que la imposición de la lógica social, esa lógica ensídica siempre recreada y reinstituida por la sociedad, encuentre punto de apoyo en el psiquismo de los humanos singulares. Pero también y sobre todo, la fabricación social de los individuos a partir de esa materia prima que es la psique del recién nacido presupone en él el predominio del placer de representación por sobre el de órgano. Caso contrario no habría sublimación posible y por lo tanto tampoco vida social: el hombre es un ser de lenguaje, pero hablar presupone que el placer de hablar, comunicarse y pensar (imposible sin palabras) será más fuerte que el de chupar un pecho o un dedo. En el acto de la palabra ya tenemos lo esencial de la sublimación: el reemplazo de un placer de órgano por otro placer que sólo tiene que ver con la representación.
Mediante la fabricación social del individuo, la institución se apodera de la imaginación social del sujeto dejándola por regla general manifestarse sólo en y a través del sueño, la fantasía, la transgresión y la enfermedad. Todo ocurre como si la institución lograra cortar la comunicación entre la imaginación radical y el “pensamiento” del sujeto. Imagine lo que imagine (sabiéndolo o no), el sujeto no pensará ni hará más que lo que socialmente es obligatorio pensar y hacer. Esa es la vertiente histórico-social de ese mismo proceso que en psicoanálisis llamamos proceso de represión. A su vez, y en la casi totalidad de su historia, la sociedad se ubica en la clausura. Clausura de su lógica, clausura de sus significaciones imaginarias. Y fabrica individuos a quienes les impone ambas clausuras. Pero antes que nada fabrica, de manera excluyente en la aplastante mayoría de las sociedades, individuos cerrados, que piensan como se les enseñó a pensar, que evalúan y le atribuyen sentido a lo que la sociedad les enseñó que tiene sentido, y para quienes esas maneras de pensar, evaluar, normativizar y significar son, por construcción psíquica, incuestionables.
Mientras que la potencia creadora de la imaginación reside en el salto, en lo inesperado, en lo discontinuo, lo histórico-social es la condición esencial de existencia del pensamiento y la reflexión. Por lo tanto no hay oposición entre individuo y sociedad: el individuo es una creación social, a la vez como tal y en su forma histórico-social dada en cada caso. Una asamblea de individuos puede producir una sociedad porque esos individuos ya están socializados (si no, no existirían ni siquiera biológicamente): tenemos aquí la dimensión social de la existencia humana.
El sujeto reflexivo.
La sociedad es creación, y creación de sí misma, autocreación: es surgimiento de una nueva forma ontológica (un nuevo eidos) y de un nuevo nivel y modo de ser; que se mantiene unida por las instituciones y las significaciones que ellas encarnan.
El aspecto código del lenguaje (las cosas por su nombre) se opone, pero también está inextricablemente unido, a su aspecto poiético, portador de las significaciones imaginarias propiamente dichas.
La reflexión aparece cuando el pensamiento se vuelve sobre sí mismo y se interroga, no sólo acerca de sus contenidos particulares sino acerca de sus presupuestos y sus fundamentos. La verdadera reflexión es ipso facto cuestionamiento de la institución social dada, crítica de las representaciones socialmente instituidas. El surgimiento de la reflexión sólo puede darse a través de una fundamental conmoción y modificación de todo el campo histórico-social, ya que implica la simultánea y recíprocamente condicionada emergencia de una sociedad donde ya no hay verdad sagrada (revelada) y de individuos para quienes deviene psíquicamente posible cuestionar tanto el fundamento del orden social (sin perjuicio de volver a aprobarlo llegado el caso) como el de su pensamiento, vale decir de su propia identidad.
Queda claro entonces que la reflexión presupone y materializa las rupturas del pensamiento con la funcionalidad: la reflexión implica el trabajo de la imaginación radical del sujeto. En efecto para que haya reflexión primero tiene que haber algo que sólo la imaginación radical puede dar: hay que poder representarse, no como objeto sino como actividad representativa, como un objeto-no objeto. Se trata de ver doble y verse doble y de actuarse como actividad actuante. La reflexión es la transformación del pensamiento sobre sí mismo, contrapunto que subtiende al pensamiento del objeto mediante el retorno del pensamiento sobre sí mismo. Luego es necesario que el sujeto pueda desprenderse de las certezas de la conciencia. Ello implica la capacidad de dejar en suspenso los axiomas, criterios y reglas que cimentan el pensamiento como actividad meramente conciente y de suponer que otros todavía inciertos y tal vez todavía desconocidos, puedan reemplazarlos. Se trata entonces de verse y de plantearse como ese ser puramente imaginario en todo el sentido de la palabra: una actividad que, aun teniendo contenidos posibles, no tiene ninguno seguro y determinado. En el momento de la verdadera interrogación reflexiva, ya cuestioné lo admitido hasta entonces por los demás y por mí mismo y eso concierne no a objetos triviales, sino a asuntos esenciales para mi pensamiento.
A su vez, la reflexión es definible como el esfuerzo por quebrar la clausura en la que necesariamente estamos siempre capturados como sujetos, venga de nuestra historia personal o de la institución histórico-social que nos formó. En ese esfuerzo, la imaginación juega un rol central ya que el cuestionamiento de las “verdades establecidas” no es ni puede ser nunca un cuestionamiento en el vacío, sino siempre hermanado con la posición de nuevas formas figuras de lo pensable, creadas por la imaginación radical y sujetas al control de la reflexión, todo ello bajo la égida de un nuevo “objeto” de investidura psíquica, objeto no-objeto, objeto invisible: la verdad. Verdad, no como adecuación del pensamiento y la cosa, sino como el movimiento mismo que tiende a abrirle brechas a esa clausura en la que el pensamiento siempre tiende a encerrarse de nuevo.
Esta reflexión no sólo es lo que hace posible el psicoanálisis puesto que al fin y al cabo el psicoanálisis es una vuelta del sujeto sobre sí mismo y sobre las condiciones de su funcionamiento, sino que también puede servir como un elemento de la definición del fin del análisis: superar la repetición es permitirle al sujeto salir del marco que le fijaba para siempre su propia organización, y abrirlo a una verdadera historia de la que pueda ser co-autor.
La verdad del pensamiento es ese movimiento mismo, en y por el cual lo ya creado se encuentra situado e iluminado de otro modo por una nueva creación de la que necesita para no hundirse en el silencio de lo simplemente ideal.
Imaginación radical e imaginario social instituyente son significaciones centrales para la reflexión, a partir de las cuales puede y debe reconstruirse el conjunto de la filosofía.
Fuente: Cornelius Castoriadis.


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