sábado, 16 de mayo de 2009

El arte en la sociedad.

El arte es la ventana de la sociedad sobre el caos y la forma dada a este caos, es una forma que no enmascara nada, que muestra indefinidamente el caos, y por esa vía cuestiona las significaciones establecidas, hasta la significación de la vida humana y de sus contenidos más indiscutibles. Lejos de ser incompatible con una sociedad autónoma, autoinstituida, autorreflexiva, democrática, que siempre puede cuestionar sus instituciones y sus significaciones, que vive precisamente en la experiencia de la mortalidad virtual de toda significación instituida, el arte le es inseparable: pues una sociedad democrática sabe, debe saber, que no hay significación asegurada, que vive sobre el caos, que ella misma es un caos que debe darse su forma, jamás fijada de una vez y para siempre. Es a partir de ese saber que crea sentido y significación, sólo a partir de ahí puede crear y, en último caso, instaurar “monumentos imperecederos”: imperecederos en tanto demostración, para todos los hombres del futuro, de la posibilidad de crear significación habitando al borde del abismo. Si sus instituciones constituyen una colectividad, sus obras son el espejo en el que puede mirarse, reconocerse, interrogarse. Son el vínculo entre su pasado y su porvenir, son un depósito de memoria inagotable al mismo tiempo que el apoyo para su creación venidera.

 

  Ahora bien, ese saber –el saber de la mortalidad- es el que la sociedad y el hombre contemporáneos recusan y rechazan. Y por ese camino, el arte se vuelve imposible, en el mejor de los casos marginal, sin participación recreadora del público. Por eso, los que afirman que en la sociedad contemporánea, en el marco del “individualismo democrático”, ya no hay lugar para las grandes obras, sin saberlo y sin quererlo, están condenando a muerte a esta sociedad.

Fuente: Cornelius Castoriadis.

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